Hay cosas que uno aprende de pequeño sin que nadie se siente a explicárselas. Uno simplemente las escucha en la casa, en la escuela, donde los abuelos, jugando con los panas o acompañando a nuestros padres a hacer cualquier diligencia. Así aprendimos muchas de esas palabras que usamos los puertorriqueños y que para nosotros son de lo más normal.
Hasta que salimos de Puerto Rico.
Ahí es cuando uno descubre que pedir un jugo de china puede provocar una mirada de confusión. Porque para nosotros una china es una china. La fruta que exprimimos para el desayuno, la que compramos por saco cuando están buenas y la que desde pequeños conocemos por ese nombre. Pero fuera de Puerto Rico dices “china” y no siempre están pensando en una naranja.
Con el mahón pasa algo parecido.
¿Cuántas veces uno escuchó en la casa algo como “ponte un mahón que vamos a salir”? Y uno nunca preguntó qué era un mahón. Uno iba al cuarto y se ponía los jeans. Ya.
Lo curioso es que uno puede pasar media vida utilizando esas palabras sin detenerse a pensar de dónde salieron. Son parte de nosotros. Las heredamos de la misma manera que heredamos recetas, dichos, costumbres y hasta ciertas mañas familiares.
Después está el zafacón.
En Puerto Rico nadie tiene que darte demasiadas explicaciones si te dicen que tires algo al zafacón. Pero cuando uno vive fuera de la isla empieza a escuchar “bote de basura”, “basurero”, “trash can” y otros nombres. Aun así, en la casa de muchos boricuas sigue siendo el zafacón, aunque llevemos veinte o treinta años viviendo fuera de Puerto Rico.
Y qué me dicen de la guagua.
La palabra cambia hasta dependiendo de dónde estés y con quién estés hablando. Para nosotros es una palabra tan cotidiana que sale sin pensarlo. Igual pasa con el tapón. Un boricua puede decir que estuvo una hora metido en un tapón y ninguno de nosotros se imagina una botella. Sabemos exactamente de qué está hablando.
Eso es lo interesante de nuestra manera de hablar.
No se trata solamente de palabras diferentes. Cada una viene acompañada de una experiencia. Cuando decimos marquesina, no pensamos únicamente en un espacio donde estacionar el carro. Para muchos, la marquesina fue también donde se hicieron cumpleaños, donde pusieron las mesas en Navidad, donde los muchachos jugaron y donde aparecieron unas cuantas sillas cuando llegaba visita.
Y entonces tenemos palabras como revolú.
Un revolú puede ser un desorden, un problema, una situación complicada o las tres cosas al mismo tiempo. Todo depende de cómo lo diga el boricua que tienes de frente.
Y no podemos olvidarnos del famoso “acho”.
Acho merece casi un artículo para él solo.
Puede comenzar una conversación, expresar sorpresa, cansancio, alegría, molestia o incredulidad. Hay veces que el tono dice mucho más que la propia palabra. Un “acho” entre boricuas no siempre necesita explicación.
Eso también ocurre con “bendito”.
Hay que haber escuchado a una madre o una abuela puertorriqueña decir “ay, bendito” para entender que esas dos palabras pueden contener cariño, preocupación, pena, ternura y hasta un poquito de “te lo dije” sin necesidad de añadir nada más.
Cuando vivimos fuera de Puerto Rico, estas cosas adquieren otro valor.
A veces estamos en Florida, Nueva York, Chicago, Texas o cualquier otra parte y escuchamos a alguien decir “zafacón”, “mahón” o “acho” y automáticamente prestamos atención. No sabemos ni quién es, pero algo dentro de uno dice: ese es boricua.
Y probablemente terminamos preguntándole: “¿De qué parte de Puerto Rico tú eres?”
Así de sencillo comienza una conversación.
Por eso pienso que nuestra forma de hablar es mucho más que un grupo de palabras curiosas. Es parte de nuestra memoria. En esas palabras están nuestros padres, nuestros abuelos, el barrio, el pueblo donde crecimos y las conversaciones que escuchábamos cuando éramos muchachos.
Uno puede aprender a decir naranja en vez de china. Puede decir jeans en vez de mahón y bote de basura en vez de zafacón. Vivir fuera de la isla inevitablemente mezcla nuestro vocabulario con el lugar donde estamos.
Pero hay palabras que se resisten a irse.
Y quizás sea porque tampoco queremos que se vayan.
Así que la próxima vez que alguien te pregunte por qué dices china, mahón, zafacón o tapón, cuéntale. Explícale que así crecimos hablando muchos puertorriqueños y que detrás de esas palabras también hay historia, familia e identidad.
Y ahora te toca a ti.
¿Cuál es esa palabra boricua que todavía usas sin importar cuánto tiempo lleves fuera de Puerto Rico? Esa que dices y enseguida alguien te pregunta: “¿Qué significa eso?”
Compártela con nosotros. A lo mejor descubrimos que entre todos podemos hacer un diccionario que no se aprende en la escuela, sino en las casas, los barrios y los pueblos de Puerto Rico.
Porque uno podrá vivir lejos de la isla, pero hay palabras que siempre viajan con nosotros.
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