A los ocho años uno no entiende estas cosas
En 1972 yo tenía ocho años. A esa edad uno sabe quiénes son sus héroes, aunque todavía no entiende muy bien por qué lo son. Roberto Clemente era uno de ellos, no solamente para mí, sino para Puerto Rico.
Era nuestro número 21, uno de los mejores peloteros del mundo y acababa de alcanzar los 3,000 hits. Pero la historia de Clemente que con los años más me ha hecho pensar no ocurrió dentro de un parque de pelota.
El 23 de diciembre de 1972 un terremoto devastó Managua, Nicaragua. Clemente se involucró desde Puerto Rico en la organización de ayuda para los damnificados. Cuando supo que suministros enviados anteriormente no estaban llegando a quienes realmente los necesitaban, decidió acompañar personalmente el próximo cargamento.
Piénsalo. Podía donar dinero, utilizar su nombre para recoger ayuda y quedarse con su familia. Nadie habría dicho que hizo poco. Pero Clemente quería asegurarse de que aquella ayuda llegara.
El 31 de diciembre se montó en un avión rumbo a Nicaragua. Poco después de despegar desde Puerto Rico, el avión cayó al mar.
Nunca llegó.
Yo tenía ocho años. Entonces no podía comprender completamente lo que significaba aquella decisión.
Hoy sí.
A los 21 estaba detrás de un micrófono
Trece años después trabajaba de madrugada en Delta 107.3 FM. Las madrugadas en la radio eran tranquilas. Llamaban policías, enfermeras, guardias de seguridad y gente que trabajaba mientras buena parte de Puerto Rico dormía. También llamaba quien simplemente necesitaba otra voz al otro lado.
Pero hubo una madrugada en que aquellas llamadas comenzaron a cambiar.
En Ponce no paraba de llover.
La conversación dejó de ser la de cualquier otro turno. Había preocupación. Algo estaba pasando. Horas después Puerto Rico comenzaría a comprender la magnitud de la tragedia de Mameyes.
En la madrugada del 7 de octubre de 1985, después de lluvias extraordinarias, una enorme masa de tierra se desprendió y sepultó casas y familias. Cerca de 130 personas perdieron la vida.
Apenas unas semanas antes, el terremoto de México había sacudido a toda una generación con imágenes que todavía muchos recordamos.
Yo acababa de cumplir 21 años y comenzaba a descubrir algo que aquel niño de ocho todavía no podía entender: las tragedias sacan a la superficie muchas cosas de nosotros.
Y una de ellas es cómo reaccionamos cuando otro necesita ayuda.
“¿Qué hace falta?”
Acho, si algo sabemos hacer los puertorriqueños es discutir. 😂 Política, pelota, religión, cuál pueblo tiene las mejores fiestas y hasta quién hace correctamente el arroz con gandules. A veces parece un milagro que podamos ponernos de acuerdo para ordenar una pizza.
Pero cuando la cosa se pone verdaderamente mala, he visto ocurrir algo diferente.
Aparece el que trae agua. El que consigue comida. La señora que recoge ropa. El que conoce a alguien con una guagua. El que no tiene mucho, pero llega con una bolsa diciendo: “Esto es lo que pude traer.”
Y en medio del revolú aparece una pregunta sencilla:
“¿Qué hace falta?”
Quizás, guardando las distancias, eso fue lo que movió a Clemente en 1972. Había gente necesitada y él tenía algo que podía hacer.
Lo hizo.
De Nicaragua a Haití
Con los años volví a ver esa reacción muchas veces.
En 2010 un terremoto devastó Haití y Puerto Rico comenzó a recoger agua, alimentos, medicinas y otros suministros. La respuesta terminó siendo enorme: desde San Juan salió la llamada Barcaza de Esperanza, cargada con más de 12 millones de libras de ayuda donada por el pueblo puertorriqueño.
Doce millones de libras.
De una islita que muchas veces anda resolviendo sus propios problemas con un “déjalo ahí, que eso aguanta”. 😂
Y aun así hubo para compartir.
Pero detrás de esos millones de libras había algo más importante que el número: miles de personas haciendo algo pequeño. Una caja de agua, una compra, unas horas como voluntario, medicamentos, trabajo, conocimiento.
Manos.
Y aquí estamos otra vez
Podríamos pensar que estoy hablando del Puerto Rico de antes.
Pero llegamos a 2026.
Después de los terremotos que golpearon Venezuela en junio, desde Puerto Rico volvieron a organizarse centros de acopio y esfuerzos de ayuda. Más de diez aviones llevaron sobre 50,000 libras de suministros, y los donativos también ayudaron a adquirir vehículos para distribuir la asistencia en las comunidades afectadas.
Hubo un detalle que me hizo pensar inmediatamente en Clemente: el director de Cáritas Puerto Rico viajó personalmente a Venezuela acompañando uno de aquellos cargamentos.
No estoy comparando personas ni tragedias. Cada historia tiene su lugar.
Pero han pasado más de cincuenta años y resulta difícil no reconocer la escena.
Desde Puerto Rico sigue saliendo ayuda.
Y apenas unas semanas después, tras el terremoto ocurrido en Colombia en agosto de 2026, organizaciones y comunidades en Puerto Rico comenzaron nuevamente a movilizar ayuda para los damnificados.
Por eso esta historia no termina en 1972.
Ni en 1985.
Ni en Haití.
Está ocurriendo mientras escribo estas palabras.
Lo que entiendo ahora
No cuento todo esto porque piense que somos mejores que otros pueblos. La solidaridad no tiene nacionalidad y sería absurdo reclamarla como nuestra.
Pero después de más de seis décadas mirando a mi gente, hay algo de lo que no tengo dudas.
Los boricuas somos creativos y talentosos. Hemos dejado nuestra huella en la música, el deporte, las ciencias, las artes, los negocios y quién sabe en cuántas cosas más.
Pero hay otro talento que no siempre aparece en los reconocimientos.
El de aparecer.
Cuando llega un huracán. Cuando tiembla la tierra. Cuando una familia pierde su casa. Cuando alguien necesita comida. Incluso cuando la persona necesitada está a cientos o miles de millas de Puerto Rico.
A veces llegamos con dinero. Otras veces con una compra. Y siempre aparece alguna doña con una olla de arroz que, nadie sabe cómo carajo, da para veinte personas. 😂
Tal vez eso también sea Puerto Rico.
De ocho a 61 años
En 1972 tenía ocho años cuando Roberto Clemente decidió montarse en aquel avión.
En 1985 tenía 21 y estaba detrás de un micrófono mientras la lluvia caía sobre Ponce y las llamadas de aquella madrugada comenzaban a cambiar.
Hoy tengo 61.
Y después de todos esos años creo entender algo que aquel niño todavía no podía comprender.
No me siento más boricua por gritar más fuerte, ni porque ame más la bandera o escuche más al coquí. Con los años he aprendido que hay otra manera de reconocer lo nuestro:
no importa dónde estemos, cuando aparece la necesidad, allá van nuestras manos.
Y contra... después de escribir todo esto, hoy sí me siento más boricua que un mofongo. 🇵🇷
Aunque ahora me dio hambre.
Y como somos boricuas, seguramente acabamos de crear otra discusión:
¿Relleno de pollo, camarones o carne frita?
Aaaahhh... quién sabe. 😂
Más de cincuenta años tratando de entender qué nos une y vamos a terminar peleando por el relleno del mofongo.
Definitivamente somos boricuas. 🇵🇷😂







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