
Puerto Rico y el plan B: ¿cuánto más hay que aguantar?
Apagones, problemas con el agua, tapones y situaciones en las carreteras vuelven a alterar la rutina. Mientras Puerto Rico aprende una vez más a vivir con un plan B, surge una pregunta incómoda: ¿cuánto más debemos aceptar como normal?
Era sábado por la tarde. En Plaza Las Américas había familias de compras, personas comiendo, gente en el cine, empleados trabajando y visitantes participando de las actividades del fin de semana. Incluso había actividades especiales como parte de la celebración del aniversario del centro comercial. Entonces volvió a ocurrir algo que en Puerto Rico resulta demasiado familiar: problemas con el servicio eléctrico trastocaron la tarde. Y quizás lo más preocupante no sea solamente que ocurriera, sino que ya casi no sorprende.
Plaza Las Américas, considerado el centro comercial más grande del Caribe y uno de los principales puntos comerciales de Puerto Rico, ya ha enfrentado cierres relacionados con apagones anteriormente. Ocurrió durante el apagón general del 31 de diciembre de 2024 y volvió a suceder durante el apagón de abril de 2025. Por eso, lo ocurrido este fin de semana no puede verse únicamente como la anécdota de un sábado complicado.
El viernes 11 de septiembre, la salida abrupta de servicio de la Unidad 5 de Costa Sur provocó un déficit de generación que llegó a dejar sin electricidad a más de 126,000 clientes. Para el sábado, Puerto Rico continuaba enfrentando una situación complicada en su sistema de generación. Pero la electricidad es solamente una parte de una conversación mucho más grande.
En distintas comunidades, el agua continúa siendo motivo de preocupación. Hay familias que han aprendido a mantener una reserva porque no siempre saben cuándo puede interrumpirse el servicio. En el área metropolitana, durante esta misma semana apareció un socavón en la avenida Baldorioty de Castro que obligó al cierre de carriles y provocó una fuerte congestión vehicular. El Departamento de Transportación y Obras Públicas realizó los trabajos y logró reabrir los carriles luego de completar la reparación. Al mismo tiempo, trabajos de pavimentación en el acceso principal al aeropuerto Luis Muñoz Marín han añadido otra variable a una de las rutas más transitadas del país.
Son situaciones diferentes. Tienen causas diferentes y responsables diferentes. Pero para quien simplemente intenta trabajar, llegar al aeropuerto, abrir su negocio, llevar a los muchachos a algún lugar o pasar un sábado tranquilo con la familia, todas terminan produciendo una sensación parecida: hay que tener un plan B. Y quizás también un plan C.
Porque para vivir tranquilo en Puerto Rico parece que ya no basta con tener casa y carro. Hay que tener placas solares por si se va la luz, baterías por si las placas no dan, cisterna o reserva por si se va el agua y un vehículo 4x4 que aguante carreteras, boquetes y alguna sorpresa adicional. Un médico en la familia tampoco vendría mal cuando conseguir determinadas citas se convierte en una misión, y quizás un maestro para ayudarnos a entender qué está pasando con la educación. Al paso que vamos, alguno dirá que falta guardar un chaleco antibalas en el clóset.
Ahhh… y se nos olvidaba algo importante: el helicóptero familiar. Porque cuando coinciden trabajos en las carreteras, cierres, tapones, un socavón y trabajos cerca del acceso al aeropuerto, quizás la única ruta alterna que queda sea por el aire. 😂🚁
Da risa leerlo así. El problema es que buena parte de la lista no es un chiste. Muchas familias puertorriqueñas han tenido que invertir de su propio bolsillo en placas solares, baterías, generadores, cisternas y otros sistemas de respaldo para poder continuar con su vida cuando falla algún servicio esencial. Estar preparado es responsable, y Puerto Rico sabe mucho de preparación y resiliencia. Huracanes, terremotos, crisis económicas y otras emergencias nos han obligado durante décadas a levantarnos una y otra vez.
Pero existe una diferencia entre estar preparado para una emergencia y organizar permanentemente la vida esperando que algo falle. Y quizás ahí está la conversación que deberíamos estar teniendo: ¿en qué momento la resiliencia comienza a parecerse demasiado a la resignación?
No importa si quien lee esto es estadista, independentista, popular, soberanista o está cansado de todos los partidos. Cuando se va la electricidad, la oscuridad no pregunta cómo votaste. Cuando no sale agua de la pluma, tampoco. Cuando un comerciante pierde horas de uno de los días más importantes de la semana, la caja registradora no distingue colores políticos. Y cuando alguien queda atrapado en un tapón tratando de llegar al aeropuerto, saber quién tiene la culpa no hace que el avión espere.
Eso no significa que no existan responsables. Los hay, y el pueblo tiene derecho a exigirles resultados. Puerto Rico tiene hoy una gobernadora, Jenniffer González Colón; 29 senadores; 51 representantes; y un comisionado residente en Washington, Pablo José Hernández Rivera. Son funcionarios electos por el pueblo y, aunque sus poderes y responsabilidades no son iguales, ocupan posiciones desde las cuales pueden gobernar, legislar, fiscalizar, gestionar recursos federales y exigir resultados.
Aquí tampoco debería importar el partido. La gobernadora podrá ser PNP, el comisionado residente podrá ser popular y en la Legislatura habrá quienes piensen de una manera o de otra. El agua no es popular ni penepé. La electricidad tampoco. Un socavón no pregunta por quién votaste antes de abrirse, y el tapón no mira la insignia política antes de dejarte clavado en la carretera.
Las agencias, corporaciones públicas y operadores tienen sus propias responsabilidades operacionales. Pero quienes pidieron el voto del pueblo para dirigir el país tienen algo que los demás no tenemos: el poder público y las herramientas para hacer algo al respecto. Por eso la discusión no puede terminar siempre en quién tuvo la culpa primero, quién gobernaba hace diez años o quién pertenece a qué partido. Hay un país que atender hoy.
Las cosas tienen que funcionar. La electricidad tiene que funcionar. El agua tiene que llegar. Las carreteras tienen que permitir que la gente se mueva. Los servicios esenciales tienen que responder. Eso no debería ser una aspiración extraordinaria para Puerto Rico. Debería ser la normalidad.
Porque el progreso también se mide un sábado cualquiera. Cuando una familia puede ir al cine y terminar la película. Cuando un comerciante puede abrir esperando completar su jornada. Cuando abrimos la pluma esperando que salga agua. Cuando podemos dirigirnos al aeropuerto sin convertir el viaje en una expedición. Y cuando tener placas solares, una cisterna o un vehículo preparado vuelve a ser una decisión personal y no algo que muchos sienten que necesitan para vivir tranquilos.
Puerto Rico ha demostrado demasiadas veces cuánto puede resistir. Quizás ya no necesitamos demostrar cuánto más podemos aguantar. Necesitamos exigir que quienes tienen las herramientas las utilicen, que quienes tienen el poder respondan y que vivir preparados para el próximo fallo deje de convertirse en nuestra manera normal de vivir.
Porque somos resilientes, sí.
Pero resiliencia no puede significar resignación.
Y si después de placas solares, cisterna, 4x4, médico en la familia, maestro, chaleco antibalas y hasta el jodío helicóptero familiar todavía tenemos que seguir explicando por qué queremos que las cosas básicas funcionen…
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