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¿Hasta cuándo hay que aguantar? Agua, luz y facturas que nunca fallan

En Puerto Rico se ha normalizado tener cisterna, placas solares, baterías y generadores para sobrevivir a servicios esenciales que fallan. Todo sale del bolsillo del ciudadano. Pero las facturas de agua y luz siguen llegando. ¿Hasta cuándo vamos a acostumbrarnos?

Publicado 22 de agosto de 2026, 7:29 p. m. · Redacción Planeta Boricua

Hay que decirlo como lo habla la gente en la calle.

Está cabrón llegar a tu casa después de trabajar y no tener agua.

Está cabrón abrir la pluma y que no salga nada.

Está cabrón prender una bombilla y descubrir que otra vez no hay luz.

Pero quizás lo más cabrón de todo es que nos estamos acostumbrando.

En Puerto Rico hemos llegado a un punto donde tener placas solares ya no necesariamente se considera un lujo. Para muchas familias es su manera de protegerse de un sistema eléctrico en el que sencillamente no confían.

Y con el agua llevamos años haciendo algo parecido.

Cisternas, Tanques, Bombas y Reservas de agua.

Con la electricidad: placas solares, baterías, generadores y gasolina.

Todo cuesta.

Lo paga el ciudadano de su bolsillo para tratar de conseguir en su propia casa la confiabilidad que deberían ofrecer servicios que son esenciales.
Y después de gastar miles de dólares resolviendo por nuestra cuenta...
también hay que pagar la factura del agua y la de la luz.

Obligao.

Entonces vale preguntar:
¿Qué exactamente estamos pagando?
No estamos diciendo que nunca pueda ocurrir una avería.
Claro que puede ocurrir.

Una planta se daña. Una bomba falla. Una línea eléctrica cae. Puede haber sequía, tormentas y emergencias.

Hasta ahí, se entiende.

Lo que ya resulta mucho más difícil de entender es que la excepción se convierta en parte de nuestra forma de vivir.

Cuando una sociedad comienza a preparar sus casas permanentemente para quedarse sin agua y sin electricidad, ya no estamos hablando solamente de una emergencia ocasional.

Estamos hablando de un pueblo que aprendió a no confiar en sus servicios esenciales.

Y quizás ahí está el problema más grande.

Nos acostumbramos.

Se fue la luz.

“Prende el generador.”

No hay agua.

“Usa la cisterna.”

Se volvió a ir la luz.

“Menos mal que pusimos placas.”

Y seguimos.

Resolvemos nosotros.

Pagamos nosotros.

Y esperamos la próxima avería.

¿Cuánto más tiene que pasar para que el pueblo reaccione?

Y cuando hablamos de reaccionar no estamos hablando de violencia, vandalismo ni de hacer estupideces.

Estamos hablando de exigir colectivamente un servicio proporcional a lo que estamos obligados a pagar.

Porque aquí aparece una pregunta incómoda:

¿Qué pasaría si 100,000 abonados un día decidieran no pagar durante un mes?

No estamos recomendando hacerlo.

Simplemente dejar de pagar una factura puede tener consecuencias, incluyendo eventualmente la suspensión del servicio conforme a los procedimientos aplicables. Existen mecanismos para objetar facturas y presentar reclamaciones, pero eso es muy distinto a sencillamente no pagar.

La pregunta importante es otra:

¿Por qué hemos llegado siquiera al punto de imaginar algo así?

¿Qué pasaría si en lugar de 100,000 personas resignadas hubiera 100,000 reclamando?

100,000 documentando las horas y días sin servicio.

100,000 exigiendo créditos cuando las interrupciones son prolongadas.

100,000 utilizando los procedimientos administrativos disponibles.

100,000 preguntándole a sus legisladores qué consecuencias existen cuando los servicios esenciales fallan repetidamente.

Porque para el ciudadano sí existen consecuencias.

Si no paga, eventualmente le pueden cortar el servicio.

Entonces la pregunta es válida:

¿Cuál es la consecuencia cuando quien falla una y otra vez es el servicio?

Ahí está la conversación que deberíamos estar teniendo.

No solamente quién tiene la culpa.

LUMA.

Genera.

La AAA.

El gobierno de ahora.

El de antes.

La infraestructura vieja.

Los fondos federales.

Podemos pasar otros veinte años repartiendo culpas.

Mientras tanto, el ciudadano sigue resolviendo y pagando.
Comprar placas solares puede resolver el problema eléctrico de una familia.
Una cisterna puede ayudar con el agua.
Pero ninguna de esas dos cosas arregla el sistema.
Solamente significa que quienes pueden pagarlo construyeron su propio Plan B.
¿Y qué hacemos con la familia que no tiene miles de dólares para instalar placas, baterías, generador y cisterna?
¿Esa que se joda?

No.

Tener agua y electricidad confiables no debería depender del dinero que tenga una familia para construir su propia infraestructura.

Y mucho menos podemos permitir que una generación completa crezca pensando que quedarse periódicamente sin agua o electricidad es simplemente:

“Lo normal en Puerto Rico.”

No lo es.

O por lo menos no debería serlo.
La pregunta ya no puede ser solamente cuándo vuelve el agua.
Ni cuándo vuelve la luz.

La pregunta es:

¿Hasta cuándo vamos a seguir pagando, resolviendo nosotros mismos y acostumbrándonos?

Porque quizás el mayor fracaso no sería que los sistemas sigan fallando.

Sería que un día nos importe un carajo y dejen de encojonarnos.

Si llegaste hasta aquí, ya sé cómo te sientes.

Entonces repite conmigo:

¿HASTA CUÁNDO?

Si conoces a alguien que se siente igual que tú, compárteselo.

Y nunca olvidemos algo: la fuerza la tiene el pueblo, la gente. No un sistema y mucho menos un gobierno.

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Fuentes consultadas: Planeta Boricua — Editorial

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